viernes, 13 de julio de 2012

Calvin y Hobbes


     Para que la tarde del viernes sea más llevadera :-))))))))))))


jueves, 12 de julio de 2012

Recordando


           
No me acuerdo de olvidarte.
No me acuerdo de cuando tus manos no cogían las mías.
Y, sin embargo, a veces no me acuerdo de ti.


Calvin y Hobbes


                           


jueves, 31 de mayo de 2012

Cierta libertad


            —Tengo miedo —le dije a mi abuela—. ¿Puedes hacer que se vaya? —me hice un ovillo en el sofá, apoyé la cabeza en sus piernas y esperé. Ella siempre tenía el remedio para que el negro que a veces me inundaba por dentro se transformase en blanco.
            —¿De qué tienes miedo, mi niña? —preguntó mientras me acariciaba el pelo.
            —De todo.
            —¿Y qué crees que necesitas?
         —Un cuento, abuelita. Cuéntame un cuento bonito que me haga pensar y que llene el vacío.
            Mi abuela guardó silencio unos segundos, buscando en su memoria, y comenzó:
           
        “Había una vez un hombre que no era feliz. Se levantaba temprano para ir a la oficina a trabajar y allí permanecía hasta el anochecer. Cuando el sol dejaba paso a la luna retornaba a casa, y por el camino contaba los pasos que daba. Era la mejor forma de alejar de su mente la idea de lugares lejanos, de libros maravillosos y de gente. “No hay tiempo: he de trabajar y esas cosas sólo me distraen. Ya llegará el momento”.
            Trabajó mucho durante años y obtuvo la recompensa que merecía: dinero. Y soledad.
Cuando se hizo viejo y al fin tuvo tiempo, su mente estaba aletargada y su cuerpo cansado; su casa, llena de muebles caros, estaba sin embargo vacía. Y de repente se sintió solo.
            “Compraré una mascota que me haga compañía”.
            Y con esta idea fue a la tienda de animales, de la que salió con una jaula que guardaba un loro de alegres colores: además de compañía le daría conversación.
            Al llegar a casa puso la jaula en el salón, junto al sillón en el que miles de días se había dejado caer al regresar de trabajar.
            —¡Libertad! —gritó el loro. El hombre se alegró y las dudas de que en la tienda lo hubiesen engañado se desvanecieron: en verdad este animal sería un buen compañero.
            Pero el loro no sabía decir otra cosa.
            “Libertad”, por la mañana; “libertad”, al mediodía; “libertad”, por la tarde. Y “libertad” por la noche. “Libertad, libertad, libertad”, a todas horas.
            Pasó una semana. El hombre le hablaba al loro de sus tiempos pasados en la oficina pero sólo recibía la palabra “libertad como respuesta”.
            Pasó otra semana y el hombre se decidió. Miró al loro con cariño y abrió la puerta de la jaula:
            —¡Ten, libertad! —le dijo al animal. Pero el pájaro no voló. No. Asustado, se fue hacia el otro lado de la jaula y agarró los barrotes con las patas y el pico.
            El hombre, sorprendido, dejó la jaula abierta toda la noche. Cuando entró en el salón a la mañana siguiente, el loro continuaba agarrado a la jaula.
            —No lo entiendo —se dijo para sí. Cerró la puerta de la jaula y fue a la cocina a desayunar.
            —¡Libertad! —gritó el loro. El hombre cogió el vaso de leche y se sentó al lado del pájaro, que continuó gritando “libertad”.
            Y así vivieron juntos muchos años: el hombre que no quiso ni siquiera sentir la libertad de pensar; que contaba los pasos que daba para que su imaginación no volase; que ató su corazón y su cabeza y a una cadena que nunca osó romper. Y el pájaro que gritaba “libertad” y tenía miedo de ella. Los dos en sus jaulas. Y los dos sin atreverse a salir y dejarlas atrás.”
           
Mi abuela se calló y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. ¿Quizás era eso lo que me asustaba? ¿Era esa la causa del vacío?
            —No, mi niña, no es eso lo que te da miedo. Tú siempre serás libre, porque tu mente nadie la podrá controlar. No te asuste decidir, dejar la jaula y vivir. Nunca cuentes pasos para no pensar. Piensa, sal y vive.

            Tenía ocho años cuando mi abuela me contó este cuento. Ahora quisiera decirle que lo he hecho: soy libre. Mi imaginación vuela, mi vida caótica guarda el orden que yo quiero y el vacío ya no está: lo lleno con letras negra sobre el fondo blanco en la pantalla del ordenador.

Y vivo.
                          

            (*) Basado en el cuento oriental “El loro que gritaba libertad”, que mi profesora de yoga nos leyó en la última clase.


lunes, 9 de abril de 2012

Nuestro día (Relato)

    Mmmm… Estiro el pie y… ¿Dónde estás?
    Vaya…, odio que te levantes antes que yo. Ojalá fuera todo como antes, cuando yo me escurría silenciosa de la cama y te esperaba en la cocina, leyendo un libro y preparando el café. El olor te despertaba y aparecías despeinado y sonriendo, con el pijama mal abrochado y millones de besos para mí. Y me sentía feliz.
    Hoy me estás esperando tú...
    ¿Cómo dices?
    Sí, lo sé: es nuestro día. Dame sólo diez minutos para ducharme y estaré preparada.
   
    
    Bien, lo llevo todo: una manta, una botella de vino y bombones. No, nada de copas; bebamos a morro, cómo en los viejos tiempos.
    ¿En serio me preguntas que a dónde vamos? ¡No te burles de mí! ¡Sabes que sólo hay un sitio perfecto!
    ¿Qué…? No, no puedo conducir…
    Sí…, llevas razón… Quizás dentro de poco lo intente, aunque me da miedo conducir sola... Pero no quiero hablar de eso ¡Venga, vamos en autobús!
    Ya, sé que no pagarás el billete y te colarás. Y sabes que me callaré… No puedo hacer otra cosa...

   
   Está precioso el parque, nuestro parque… Nunca vengo sin ti. Los árboles no serían lo mismo, ni el agua ni…, bah, déjalo, me conoces y sabes que no sé describir. Pero tú lo ves y entiendes a qué me refiero: sin ti y sin mí, nada brilla.
    Hoy te dejo que elijas el sitio.
    ¡No, allí no, que hay un charco!
   Sí, aquí me parece mejor; está todo lleno de margaritas y me recuerdan a ti… Espera que extienda la manta…
    Ahora podemos tumbarnos y beber vino y comer bombones hasta el anochecer…


    Sé que casi no te he dejado hablar pero me han pasado muchas cosas en los últimos tiempos y añoro estos ratos a solas contigo. Ya nada es igual; estás, pero a veces no te veo. Y sé que te quieres ir, pero yo no quiero que te vayas. Nunca quiero que te vayas…
    Suena el teléfono…, no, no voy a contestar. Déjalo que suene; no importa, está el contestador. No quiero que me roben ni un segundo contigo.   
    —¿Cariño? —shhh, no digas nada. Es mamá, pero no quiero hablar con ella. Hoy sólo quiero TU—. Ana, cielo, sé que estás ahí… —no, no lo sabe…—. No contestes, no importa. Sólo quería saber que estás bien, cómo no has ido a trabajar… —contengo la respiración; lo va a decir, y no quiero oírlo… —. Cielo, ¿dónde has ido? ¿Has vuelto al parque? —dile que se calle, por favor…, dile que se calle…—. Ana, han pasado dos años desde que murió…


    ¿Ya te vas? Aún no son las doce, quedan diez minutos, y diez minutos contigo pueden ser mucho tiempo… Sería lo justo, porque dos años sin ti han sido una eternidad. ¿Te quedarás al menos hasta que me duerma?
    Sí, lo harás, y me acariciarás el pelo, y me susurrarás al oído que me querrás hasta siempre. Y yo te creeré, porque lo hiciste… Lo injusto fue que el “siempre” llegó demasiado pronto…

jueves, 29 de marzo de 2012

"Una forma de vida", de Amélie Nothomb

    Nunca siento tanta indecisión como cuando estoy delante de una estantería repleta de libros y sólo puedo llevarme uno: los huelo, miro las portadas, ojeo las sinopsis, busco a mis autores favoritos…
¡Oh!, y analizo mi estado de ánimo, punto éste importantísimo: si estoy tristona nada de dramas (cuando leí “Posdata: te quiero”, novela deliciosa, estaba un pelín desanimada y a causa de mi exceso de empatía con la protagonista casi acabo con una depresión profunda).
     Esto de tanto pensar en qué libro seleccionar es debido a dos normas autoimpuestas y de incuestionable cumplimiento:
    Primera.- Comprar los libros de uno en uno. Los hace más especiales; el que me llevo a casa es el elegido y durante al menos un día será el único en mi vida. Tengo que escogerlo con calma, disfrutando el momento.
    Segunda.- No dejar nunca un libro a medias.
    Mmmmm…, entre nosotros, esta regla cuenta con una fatídica excepción: compré “Primera sangre” en una tienda de segunda mano por cien pesetas. Vale que el protagonista se llamaba Rambo; vale que iba de un chico que se metía en líos; vale que el tipo había estado en Vietnam, pero lo que no vale es que no me avisasen de que ese Rambo era el del cine. Cuando llevaba veinte páginas se lo pregunté a JC, con la duda en mi cabeza y temerosa de su respuesta. Mi novio se dobló de la risa.
    —¿Estás leyendo “Acorralado"? —me dijo con sorna cuando se calmó.
    Ahí yo también me calmé. ¡Uf, no, nada de “Acorralado”!
—Se llama “Primera Sangre” —contesté con alivio y pensé en lo terrible que puede ser la casualidad: un poco más y dejo la novela. Leer una frase del protagonista y ver a Stallone en mi mente me estaba matando.
    JC volvió a reírse. Ya, ya, ya…
    Vale: estaba leyendo “Acorralado”. Lo acepté, valoré los pros (mantener mi norma de acabar todos los libros con un honorable “sobresaliente”) y los contras (algo así podría acabar con mi pasión por la literatura) y le di la novela a JC, con un lacónico “llévatela lejos de mí”.
    Doce años después, no ha vuelto a sucederme nada parecido. Ésa ha sido la única excepción.
    Ahora una portada llama mi atención y no puedo dejar de mirarla: una foto difusa sobre el fondo amarillo y una chica que parece perdida. El nombre de la autora me suena vagamente. Ojeo la contraportada y no entiendo mucho. Abro el libro y leo la primera frase: me intriga.
    Es él; lo cojo con fuerza y me acerco a la caja: será el primero en mi nuevo devenir de crítica literaria aficionada (y en absoluto remunerada).
    
    "Una forma de vida", de Amélie Nothomb.    
   
    Sinopsis:
    
    Una novelista, Amélie Nothomb, recibe una carta de un soldado americano destinado en Irak, Melvin Mapple. Durante su estancia en el frente ha contraído una enfermedad, de la que hace partícipe a Amélie, iniciándose una curiosa relación epistolar entre ambos. Son dos los pilares principales del escrito: el cuerpo y la epistolografía.

    Confieso mi absoluta predilección por las novelas escritas en primera persona: es difícil conseguir que el lector olvide que hay un escritor detrás de la historia e identifique al protagonista con el creador como si fuesen el mismo sujeto. Amélie Nothomb va un paso más allá y no sólo escribe la historia en primera persona sino que se convierte en la protagonista. Y realmente me la creo: alucinaría si no fuese como ella misma se retrata, una mujer singular, curiosa, irónica, incisiva, diplomática, sensible y que al final se revela confiada.
    No hay prácticamente diálogos en el libro, pero no se echan de menos: son sustituidos por las cartas que Amélie y el soldado Mapple se intercambian.
    Hay dos visiones del mismo aspecto que me han apasionado:
    Por un lado, el lector-soldado necesita existir para la escritora. Su vida (debido a la enfermedad que padece y que no os voy a desvelar por mucho que me insistáis: me cargaría la mitad del argumento) dejó de ser vida y el lector hace tiempo que desechó la posibilidad del cambio real; la única salida que encuentra es desdoblarse en un nuevo ser, su enfermedad, separada de él mismo y a la que concibe como una amante.
    El que sea públicamente conocido que la escritora contesta todas las cartas que recibe (no sé si esto será real pero me inclino a pensar que sí, lo cual es una locura, porque nadie responde miles de cartas de desconocidos; sin embargo, en la personalidad de Amélie Nothomb, tal y como se descubre en su escrito, es algo absolutamente normal) le lleva a ponerse en contacto con ella. Y ella le contesta: ¡existe para ella! ¡Y está vivo!, aunque sea en símbolos negros sobre folios blancos. Su existencia adquiere una nueva dimensión gracias a las cartas de la autora, en un primer momento cínicas pero que acaban siendo completamente sinceras.
    Por otro lado, la escritora se plantea que el lector existe y que ella existe para él. Ella misma se define como un ser “poroso”, “el abono ideal” en el que los lectores, a veces tiránicos, se creen con derecho a plantar sus dudas, sus tristezas o su creatividad. Y, sin saberlo, acepta el reto de salvarlo. Pero, ¿quién la salva a ella de ella misma?
    La prosa de Amélie Nothomb es ligera y profunda al mismo tiempo: corres el peligro de saltarte una frase que necesitarás releer en un intento de captar todos sus aspectos a causa de un argumento aparentemente sencillo. Es incisiva al tratar temas como la necesidad de que el autor dude del valor de su obra; sorprendente al relativizar la inmoralidad de la mentira y chocante al reflexionar sobre la exigencia de que escritura-placer-angustia vayan siempre unidos.
    ¿Qué más deciros? Que me ha gustado mucho. Es una novela original, difícil de encasillar en ningún género, de una escritora a partir de ahora indispensable para mí.
    Si la leéis, espero que disfrutéis con ella tanto como yo. Si no lo hacéis (el disfrutarlo), no me lo tengáis en cuenta, que para gustos, los colores.